Yom Kippur 5787
septiembre 20 / 6:00 pm – septiembre 21 / 7:00 pm


Yom Kippur, conocido como el Día de la Expiación, es una de las convocaciones más solemnes establecidas por el Eterno. Según Levítico 23:26-32, se celebra el décimo día del séptimo mes como un día de reposo completo, humillación del alma y acercamiento a Elohim. En tiempos del Templo, era el único día del año en que el Sumo Sacerdote entraba al Lugar Santísimo para realizar la expiación por los pecados del pueblo. Esta festividad destaca la necesidad de reconciliación, arrepentimiento y restauración de la relación entre el hombre y su Creador.
La importancia de Yom Kippur radica en que nos recuerda la santidad del Eterno y la necesidad de examinar nuestro corazón. Es un tiempo dedicado a la introspección espiritual, la confesión de pecados y la búsqueda sincera del perdón divino. Tradicionalmente, este día se observa mediante el ayuno, la oración, el arrepentimiento y la abstención de las actividades cotidianas, enfocando toda la atención en la restauración espiritual y la misericordia de Elohim.
Cumplimiento profético en el Yeshúa HaMashiaj
En el Brit Hadashá, Yom Kippur encuentra su cumplimiento profético en la obra redentora de Yeshúa HaMashiaj. Así como el Sumo Sacerdote entraba una vez al año al Lugar Santísimo para hacer expiación por el pueblo, Yeshúa se presentó como el Sumo Sacerdote perfecto, ofreciendo Su propia vida como sacrificio definitivo por los pecados. Su entrega abrió el camino para que quienes creen en Él puedan acercarse al Padre y recibir perdón, reconciliación y vida nueva.
El apóstol Pablo enseña que, por medio de Yeshúa, hemos recibido la reconciliación con Elohim y somos justificados por Su sacrificio (Romanos 5:9-11). Asimismo, explica que el Mesías se entregó por nosotros para redimirnos y purificarnos, haciendo posible una transformación interior que nos conduce a una vida de obediencia y santidad. La finalidad profética de Yom Kippur es señalar hacia la obra perfecta del Mesías y recordarnos que el verdadero perdón no proviene de esfuerzos humanos, sino de la gracia y la misericordia del Eterno manifestadas en Yeshúa HaMashiaj.

